“La popularidad de la mentira está tomando ribetes alarmantes.
Se falsea por deporte”, me decía Juaco alarmado. “La gente miente sin el menor rubor, las mujeres son capaces de hacerte creer que el hijo engendrado es tuyo”. Le respondí exagerando.
Pero, ya había escrito sobre esto, por lo tanto no puedo volver sobre el camino trillado, por interesante que resulte. Además es mejor escribir sobre valores, resaltar lo mejor de la gente, sus cualidades sanas. “De alguna manera hay que llamar la atención”, insistía el amigo con su abultado abdomen, “la sociedad está tomando un rumbo peligroso”.
“Con un artículo de opinión, no voy a cambiar nada”, le replico con el dolor de la impotencia. Además, si destacamos la capacidad de trabajo de las mayorías, los grupos atrincherados en el honor, las causas nobles por las que se desviven miles de entidades y hasta algunos funcionarios, desde un Concejal a cualquier Ministro, nos montamos sobre la ola del optimismo e inyectamos a estos individuos la fe necesaria para seguir avanzando en la búsqueda de una sociedad sustentada en la justicia.
“Mire por ejemplo, cómo se ha descarrilado la juventud”, insistía Juaco, mientras apuraba un pedazo de pan mojado en café, “en mis tiempos, de haber dicho a un mayor una frase ofensiva como las que usan estos muchachos ahora, recibía de mis padres un castigado ejemplar”. “Pero ya esos tiempos de subordinación infantil pasaron, ahora el respeto debe ser mutuo y los jóvenes no tienen por qué tolerarle sandeces a los mayores”.
Tampoco puedo insistir sobre estos temas, corro el riesgo de ser acusado de pesimista y manipulador. Hasta de frustrado. Pero entiendo al amigo preocupado. Es conversación corriente entre muchos de mis allegados y tema de analistas serios en nuestros medios, la situación de deterioro moral, la falta de voluntad para enderezar el rumbo. Los padres, y ahí doy razón a muchos amigos, no están atento a sus hijos y lejos de formarle desde el respeto y la solidaridad, promueven como ejemplo el egoísmo y la irreverencia.
Así transcurrió este diálogo dilatado, con alguien a quien sus años dan la autoridad para comprender, cómo la humanidad ha torcido el rumbo, y el terreno ganado por las malas formas. La entrada triunfal a la arena de la desfachatez y las conductas indecorosas.
Mientras yo hacía esfuerzos por hacerle ver que la maldad siempre ha existido, solo que ahora hay más gente. Ponía como ejemplo el famoso tango Cambalache de principios del siglo XX, que con tanto acierto describe la sociedad del momento. Además el mal hace mucho ruido. Una bala hace más estruendo que un beso.
“Tienes razón”, dijo finalmente aclarando que mis argumentos no le habían vencido. “Pero quiero dejar establecido una verdad: nunca había sentido tanto temor. Jamás me sentí tan inseguro y mucho menos experimentado el irrespeto de manera descarnada como ahora. No digo que desandamos a Sodoma y Gomorra, pero algo me dice que al menor descuido podríamos llegar a ella”.
Como cuando la tierra se mueve para liberar energía y reacomodar sus placas, así el ser humano busca el acomodo. Mediante la alerta, el llamado de atención a las familias, y la urgente decisión de enderezar el camino, estaremos sembrando las bases de un futuro, llamado a ser definitivamente mejor. Y hacer de Cambalache, un simple recuerdo.
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